Dicen las malas lenguas que en esto de los videojuegos una dificultad bien ajustada es aquella que crece con el jugador, esa que es capaz de ofrecer las herramientas necesarias para un aprendizaje progresivo a la vez que aumenta el reto. En parte estoy de acuerdo, pero lo que no logro comprender es que haya de quien pretenda que siempre lo lleven de la mano hasta que sea capaz de dar sus primeros pasos. Supongo que parte de culpa lo tiene el haber nacido con un libro de instrucciones debajo del brazo.
En su 'Geografía del sadismo' nuestra compañera Cirene decía de Demon's Souls que era un amante autoritario, uno que desde el primer minuto impone su férrea e implacable disciplina, embestidas a las que no queda otra que adaptarse o resignarse y abandonar. Al igual que ella, como tantos otros jugadores, yo lo estudié, me amoldé, me preocupé por entenderlo y, al final, aun después de muchas hostias, logré dominarlo. O quizá no tanto, pero si lo suficiente como para juguetear con él tanto o más de como lo hacía conmigo. Ya no me sentía su muñeco de trapo, sino que adquirí la confianza necesaria como para proponer, para llevar la iniciativa sabedor de que siempre satisfaría mis necesidades.
La última genialidad del creador de VVVVVV, Terry Cavanagh, no difiere demasiado de lo que la obra de From Software expone: si entendemos a cualquiera de los integrantes de la familia Souls como amantes autoritarios que no conocen el significado de presteza, Super Hexagon, en su concepto de videojuego definitivo, se comporta cual ama dominante que no atiende a súplicas. Ambos tienen - cada uno a su manera - en común algo más que un alto grado de exigencia: son esencia pura del videojuego en su estado más primario.
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